viernes 27 de noviembre de 2009



La Eucaristía en la reflexión de Agustín



Giuseppe Caruso, O.S.A.












Icono de san Agustín de Hipona




...Esta investigación, si bien dotada de un título muy pretencioso, intenta presentar más que una síntesis, algunas pistas de reflexión relativas a la comprensión que Agustín ha logrado con respecto al sacramento de la Eucaristía. La finalidad que me propongo no es tanto repetir, y probablemente de un modo muy defectuoso y limitado, la enseñanza que Agustín ha expresado con tanta maestría, sino más bien entrar, y hacer entrar al benévolo lector, en el rico y vasto mundo de la reflexión agustiniana. A menudo no es fácil entrar en contacto con los pensadores de la antigüedad cristiana: pero, superada una cierta desorientación inicial, su pensamiento se revela más que nunca fecundo y actual. Armados de coraje, pues, iniciemos nuestro recorrido.

...La Eucaristía, sacramento del cuerpo y la sangre de Cristo

...Agustín no ha puesto en el centro de su reflexión el modo de la presencia real de Cristo en las especies eucarísticas; aún así, esto no significa que él no esté al tanto de esta realidad: simplemente ella no era puesta en duda por nadie, y, por lo tanto, no era necesario defenderla. Existe, aún así, un texto muy bello y precioso en el que Agustín identifica con simplicidad y verdad las especies eucarísticas con el cuerpo y la sangre de Cristo, víctima inmolada sobre la cruz. Helo aquí:

...Cristo nuestro Señor, que en la pasión ofreció por nosotros aquello que en el nacimiento había tomado a causa de nosotros, convertido para siempre en el más grande de los sacerdotes, dispuso que se ofreciese el sacrificio que vosotros veis, es decir, su cuerpo y su sangre. En efecto su cuerpo, atravesado por la lanza, manó agua y sangre, con los cuales remitió nuestros pecados. Recordando esta gracia, obrando vuestra salud (puesto que es Dios el que la opera en vosotros), con temor y temblor acercaos a participar de este altar. Reconoced en el pan aquel mismo [cuerpo] que colgó de la cruz, y en el cáliz aquella misma [sangre] que brotó de su costado (Discurso 228/B, 2).

...No hay ninguna duda que el pan y el vino puestos sobre la altar y sobre los que se pronuncia la formula consecratoria sean en toda verdad el “sacramento”, es decir, el signo eficaz que realiza plenamente la presencia del cuerpo y de la sangre de Cristo:

...Aquello que veis sobre la mesa del Señor, queridísimos, es pan y vino; pero este pan y este vino, con la mediación de la palabra, se hace el cuerpo y la sangre del Verbo… Mediante la palabra, se hace presente el cuerpo y la sangre de Cristo. Quita, pues, la palabra, y es pan y vino; pon la palabra, y ya es otra cosa. ¿Qué cosa es esta otra cosa? el cuerpo de Cristo, la sangre de Cristo. Quita, pues, la palabra: es pan y vino; pon la palabra, y si hace sacramento. vosotros decís sobre estas dos cosas Amén. Decir Amén, es afirmar. Amén en latín quiere decir: es verdad (Discurso 229, 1; 3)

...El sacramento realiza la presencia de Cristo de un modo especialísimo. Agustín está profundamente convencido que en la iglesia son numerosos y diversos los modos en los que Cristo se hace presente y actúa; describiendo la actividad misionera de san Pablo, él se apoya en dos modos en las que esta presencia se realiza principalmente: la Palabra anunciada y el sacramento eucarístico: este último realiza, sin embargo, una presencia absolutamente verdadera y real, tanto que no se puede llamar propiamente “cuerpo de Cristo” al códice de las cartas paulinas, sino que sólo así es llamado el pan consagrado:

...El Apóstol Pablo, si bien llevaba entonces el peso del cuerpo que se corrompe y pesa sobre el alma (Sab 9, 15), si bien veía entonces de manera imperfecta y enigmática (1 Cor 13, 12), deseoso de librarse del cuerpo y de estar con Cristo (Fil 1, 25), sufriendo mientras aguardaba como derecho de adopción la redención del propio cuerpo (Rom 8, 23), no obstante puede predicar al Señor Jesucristo, presentándolo en modos diversos con su voz, sus cartas, con el sacramento del cuerpo y de la sangre de Aquel; no llamamos cuerpo y sangre de Cristo ni a la voz de Pablo, ni a sus pergaminos y su tinta, ni a sus palabras, ni a los caracteres escritos en sus volúmenes, sino tan sólo cuando nosotros elevamos los frutos de la tierra, los consagramos con la oración mística y los consumimos ritualmente para nuestra salvación espiritual, conmemorando la pasión sufrida por nosotros por parte del Señor (La Trinidad 3, 4, 10).

...La Eucaristía hace presente a Cristo, que no está lejos, ausente, sin interesarse por sus fieles; Por el contrario, él está muy cerca, a condición de que se lo sepa reconocer en el signo de la especie del pan:

...Bien, hermanos, ¿cuándo es que el Señor quiere ser reconocido? En el acto de consagrar el pan. Es una certeza que tenemos: Cuando consagramos el pan reconocemos al Señor. No se hizo reconocer en otro gesto diverso de aquel; y esto por nosotros, que no lo hemos visto en forma humana, sino que hemos comido su carne. Si, verdaderamente, si tú – seas quien seas – estás en el comienzo como fiel, si no llevas inútilmente el nombre de cristiano, si no entras sin un porqué en la iglesia, si te has dedicado a escuchar la palabra de Dios con temor y esperanza, la fracción del pan será tu consolación. La ausencia del Señor no es ausencia. Ten fe, y aquel que no ves está contigo (Discurso 235, 3).

...La Eucaristía, memorial del sacrificio de Cristo

...En la Eucaristía, lo hemos visto, la presencia de Cristo se hace real. No es, empero, una presencia genérica; es la presencia de Cristo en su condición de víctima por la salvación del mundo. El sacramento hace presente a Cristo en vista de la renovación de su inmolación en el santo sacrificio de la misa:

...¿Acaso Cristo no se ha inmolado por sí mismo una sola vez? Y, sin embargo, en el misterio litúrgico se inmola por los fieles no solo cada celebración pascual, sino cada día. Y no miente, por cierto, quien, interrogado si Cristo verdaderamente se inmola, responde que sí. Pues si los sacramentos no tuviesen ninguna relación de semejanza con las realidades sagradas de las que son signo, no serían de hecho sacramentos. De dicha relación de semejanza toman, además, el nombre de las mismas realidades sagradas. Así el sacramento del cuerpo de Cristo es ciertamente el cuerpo de Cristo, el sacramento de la sangre de Cristo es lo mismo Sangre de Cristo (Carta 98, 9).

...En la celebración eucarística se cumple, o mejor se cumple de nuevo, día a día, aquel perfecto sacrificio que ha tenido a Cristo Jesús como víctima y sacerdote; se ofrece aquel sacrificio que ha dado cumplimiento a todos los ritos prefigurativos del Antiguo Testamento:

...Por esta razón el Mediador, en cuanto tomando la forma de esclavo se ha convertido en el hombre Cristo Jesús Mediador de Dios y de los hombres, recibe en la forma de Dios el sacrificio junto al Padre con quien es un sólo Dios. Aún entonces en la forma de esclavo prefirió ser él mismo el sacrificio antes que aceptarlo de otro, a fin de que con este pretexto no se pensase que se debe sacrificar a una creatura. Por eso es sacerdote, él quien ofrece, él quien es ofrecido. Y quiere que el sacramento cotidiano de esta realidad sea el sacrificio de la iglesia la que, siendo el cuerpo del cual él es Cabeza, sepa ofrecerse a sí misma por medio de Él. Los antiguos sacrificios de los Patriarcas eran los signos múltiples y varios de este sacrificio verdadero, porque en muchos se prefiguraba al único, como si con diversas palabras se expresase un solo concepto. Así iba siendo inculcado con firmeza sin despertar aversión. Todos los falsos sacrificios cedieron su puesto ante este supremo y verdadero sacrificio (La Ciudad de Dios 10, 20).

...Cristo, y solo Él, está en condición de ofrecer el verdadero y perfecto sacrificio. Él es el sacerdote sin mancha, la víctima pura y, por otra parte, como Mediador perfecto, recibe junto al Padre el acto de culto y lo ofrece en beneficio de la humanidad a la cual ha querido unirse:

...Y como sacerdote ¿quién es justo y santo como el Hijo único de Dios, que no tenía necesidad de purificar con un sacrificio sus pecados, ni el original ni otros agregados por la existencia humana? ¿y qué otra cosa se puede tomar de los hombres y ofrecerlo por ellos tan convenientemente como la carne humana? ¿y qué cosa hay tan a propósito para esta inmolación, como la carne mortal? ¿y qué cosa hay tan pura para purificar las inmundicias de los mortales como una carne concebida y nacida virginalmente, inmune a todo contagio de la concupiscencia carnal? ¿y qué cosa es tan ofrendable y tan aceptable como la carne de nuestro sacrificio que es el cuerpo de nuestro sacerdote? que si en cada sacrificio son cuatro los aspectos a considerar (a quién se ofrece, de parte de quién se ofrece, qué cosa se ofrece, por quién se ofrece), cada uno y los cuatro se corresponden con el mismísimo único y verdadero Mediador que nos reconcilia con Dios por medio de su sacrificio de paz, permaneciendo él todo uno con Dios al que se ofrecía, haciendo todo uno en sí a aquellos por los cuales lo ofrecía, todo uno siendo él quien ofrecía con aquello que ofrecía (La Trinidad 4, 14, 19).

...El sacrificio del Redentor ha sido prefigurado por la multitud de víctimas ofrecidas por el sacerdocio levítico, si también se lo traspone a una línea diversa y superior. Tomando nota del Salmo 110, releído en Hebreos 5, 6, Agustín ve en el sacerdocio de Cristo el cumplimiento de aquel sacerdocio de Melquisedec, es decir, de un sacerdocio eterno, no ligado a las instituciones históricas de Israel. La salvación de los fieles se halla en la comunión con el cuerpo y la sangre de Cristo, escribe Agustín, es decir, su posibilidad de acceder a una verdadera y positiva relación con Dios. Pero ¿cómo es posible para nosotros los hombres, tan ligados a nuestra materialidad, acceder a la relación con Dios, que es espíritu purísimo? Agustín ve en la Eucaristía casi un prolongamiento de la kénosis, es decir, del abajamiento operado por Cristo en su encarnación. El Verbo eterno, invisible, se hace visibilidad; Él, incomprensible, se sirve como alimento fácil de recibir y de digerir (“leche”, escribe Agustín, con implícita referencia a Heb 5, 13-14 y 1 Ped 2, 2). El obispo de Hipona ve en la Eucaristía un ulterior signo de la condescendencia y benevolencia divinas que forman la base de toda la economía de la salvación.

...El sacrificio de los Judíos, según el sacerdocio de Aarón, consistió un tiempo, como vosotros sabéis, en inmolar animales, y también esto en el misterio: no se trataba entonces del sacrificio del cuerpo y de la sangre del Señor, que conocen los fieles y los que han leído el Evangelio, sacrificio ahora difundido por todo el mundo. Poneos ante los ojos ambos sacrificios, aquel según el orden de Aarón, y este según el orden de Melquisedec. Está escrito, en efecto: el Señor ha jurado, y no se retractará: tú eres sacerdote para siempre según el orden de Melquisedec (Sal 110, 4). ¿De quién habla diciendo: Tú eres sacerdote para siempre según el orden de Melquisedec? Habla de nuestro Señor Jesucristo. ¿Quién era Melquisedec? Era el rey de Salem. Salem fue un tiempo aquella ciudad que luego, como los doctos nos han transmitido, se llamó Jerusalén. Por tanto, antes que en ella reinaran los Judíos, aquel Melquisedec ya era sacerdote allí, el cual, está escrito en el Génesis, era sacerdote del Dios altísimo. Es él quien salió al encuentro de Abraham, cuando este liberó a Lot de las manos de los perseguidores, y abatió a los que lo tenían prisionero y liberó a su hermano; después de que hubo liberado al hermano les salió al encuentro Melquisedec. Tan grande era Melquisedec, que Abraham fue bendecido por él. Ofreció pan y vino, bendijo a Abraham, y Abraham le entregó el diezmo. Observad qué cosa ofreció y quien bendijo. Luego se dice: Tú eres sacerdote para siempre según el orden de Melquisedec. David inspirado ha dicho esto mucho tiempo después de Abraham: en los tiempos de Abraham vivió Melquisedec. Y bien, ¿de quién se ha dicho: “Tú eres sacerdote para siempre según el orden de Melquisedec”, si no de aquel cuyo sacrificio vosotros bien conocéis? Ha sido abrogado el sacrificio de Aarón, y se ha comenzado a practicar el sacrificio según el orden de Melquisedec… nuestro Señor Jesucristo ha querido que nuestra salvación estuviese en su cuerpo y en su sangre. Pero ¿cómo nos ha donado su cuerpo y su sangre? Con su humildad. Si no hubiese sido humilde, en efecto, no lo podríamos ni comer ni beber. Mira su sublimidad: en el principio era el Verbo, y el Verbo era junto a Dios y el Verbo era Dios (Jn. 1, 1). Helo aquí al alimento eterno: además lo comen los ángeles, lo comen las sublimes virtudes, lo comen los espíritus celestiales, y comiéndolo se sacian, y lo que los sacia y alegra permanece intacto. Pero, ¿qué hombre puede acercarse a semejante alimento? ¿Dónde se encuentra un corazón adecuado para este alimento? Era, pues, necesario que aquella comida se hiciese leche, para poder adecuarse a los pequeños. ¿Y cómo puede la leche transformarse en una comida? ¿cómo se transforma en leche, si no es pasando a través de la carne? Así, en efecto, hace la madre. Lo que come la madre lo come también el pequeño; pero ya que el bebé es incapaz de nutrirse de pan, la madre hace carne ese pan, y con la humildad de las mamas y el jugo de la leche nutre, con aquel pan mismo, al pequeño. ¿En qué manera con un pan tal nos ha nutrido la Sabiduría de Dios? Ya que el Verbo se ha hecho carne y ha habitado entre nosotros (Jn. 1, 14). Observad la humildad, dado que el hombre, como está escrito, ha comido el pan de los ángeles: les dio el pan del cielo, el hombre comió el pan de los ángeles (Sal 78, 24-25), Es decir: el Verbo sempiterno del que se nutren los ángeles, y que es igual al Padre, el hombre lo ha comido; porque siendo de la naturaleza de Dios, no consideró una robo el ser igual a Dios. Se nutren de Él los ángeles, mas él se anonadó a sí mismo hasta que el hombre comiese el pan de los ángeles, asumiendo la forma de siervo, se hizo semejante a los hombres, y en su disposición reconocido como un hombre; se humilló haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz (Fil 2, 6-8), de modo tal que en adelante por la misma cruz nos fuera mostrado el nuevo sacrificio: la carne y la sangre del Señor (Exposición sobre el Salmo 33, 1, 5-6).

...La carne y la sangre de Cristo, sacrificio agradable a Dios por la salvación de la humanidad, son también el alimento ofrecido a los fieles para que si alimenten. Agustín lee la parábola de la invitación de Lucas 14, 15-24 (con alguna probable interferencia de la de los viñadores homicidas, Lucas 20, 9-19) como una alusión a la historia completa de la salvación culminada en el misterio pascual de Cristo del cual se hace verdadera memoria en el banquete eucarístico:

...En el Evangelio somos invitados al banquete; así, mientras otros han sido sólo invitados, nosotros no hemos sido invitados, sino conducidos; no sólo conducidos, sino también empujados con la fuerza. Aquí está, en efecto, lo que hemos escuchado: Un hombre celebró un gran banquete. ¿Quién es este tal? No es otro que el Mediador entre Dios y los hombres, el hombre Cristo Jesús (1 Tim 2,5). Había mandado a avisarle a los invitados que estaba llegando ya la hora de concurrir. ¿Quiénes son los invitados sino los que habían sido llamados por medio de los Profetas enviados con a anterioridad? ¡Hace cuánto tiempo habían sido enviados los Profetas y los habían invitado al banquete de Cristo! Ellos habían sido enviados al pueblo de Israel. Muchas veces habían sido enviados, muchas veces habían invitado a venir a la hora del banquete. Los invitados, empero, acogieron, sí, a los que los invitaban, pero rechazaron el banquete. ¿Qué quiere decir: acogieron a los que los invitaban, pero rechazaron el banquete? quiere decir: leyeron los Profetas, pero mataron a Cristo. Cuando mataron a Cristo, prepararon, aunque sin saberlo, el banquete para nosotros. Cuando entonces el banquete había sido preparado, después de que Cristo fue inmolado, cuando, después de la resurrección del Cristo, fue mostrado a los fieles el banquete del Señor que ellos conocen, que Cristo ha instituido con sus manos y con su palabra, los Apóstoles fueron enviados a los que antes habían sido enviados los Profetas. “Venid al banquete – así había sido prefijado, que fuese inmolado Cristo” – dijeron los Apóstoles: “Venid al banquete (Discurso 112, 1).

...Un pasaje de La Ciudad de Dios hace una bella síntesis de los temas tratados hasta aquí. En ellos se habla de la Eucaristía como banquete y sacrificio: el banquete servido por el mismo Verbo de Dios, en el cual Él se ofrece como víctima:

...La sabiduría se construido una casa y ha erigido siete columnas, ha inmolado las víctimas, ha vertido el vino en la copa y ha servido la mesa. Ha mandado a sus servidores a invitar con un anuncio en voz alta al banquete con las palabras: ¿quién es ignorante? Venga a mí. Y a los desprovistos de entendimiento ha dicho: Venid, comed mis panes y bebed el vino que he servido para vosotros” (Pr 9, 1-5). En el pasaje reconocemos a la Sabiduría de Dios, es decir el Verbo coeterno con el Padre que en el vientre de la Virgen se construyó como casa un cuerpo humano y que a él unió la Iglesia como los miembros a la Cabeza, que sacrificó como víctimas a los mártires, que preparó la mesa con el pan y el vino, en los que se manifiesta también el sacerdocio según el orden de Melquisedec, que ha llamado a los ignorantes y a los desprovistos de entendimiento porque, como dice el Apóstol, ha elegido lo que en el mundo es débil para hacer derribar a los fuertes (1 Cor 1, 27). Pero a los débiles de tal falta Salomón ha dirigido también la frase que sigue: Abandonad la ignorancia para vivir, procuraos la prudencia para tener vida (Pr 9, 6). Participar en su mesa es lo mismo que tener vida. De hecho en otro libro, llamado Eclesiastés, dice: no hay otro bien para el hombre sino lo que comerá y beberá (Qo 8, 15). Con mayor atención en el pasaje se comprende lo que se refiere a la participación en la mesa que el mismo sacerdote Mediador de la Nueva Alianza ofrece según el orden de Melquisedec por su cuerpo y su sangre. Este sacrificio superó a todos los sacrificios de la Antigua Alianza que eran ofrecidos como sombra del futuro. Por esto, también en el Salmo 39 reconocemos la voz del Mediador que habla proféticamente: No te plugo ni el sacrificio y ni la ofrenda, pero me has dado un cuerpo (Sal 39, 7), porque en lugar de todos los sacrificios y ofrendas, se ofrece su cuerpo y se entrega a los participantes (La Ciudad de Dios 17, 20.2)

...En el pasaje anterior se hace referencia a la Iglesia, unida por Cristo a su sacrificio, y a los mártires, ejemplo luminoso de esta unión. La relación Eucaristía-Iglesia es, por lo tanto, el punto que nos dedicamos ahora a explorar.

...La Eucaristía y la Iglesia

...La Eucaristía es el cuerpo de Cristo; también la Iglesia es, siguiendo lo dicho por Pablo, el cuerpo de Cristo (cfr. 1 Cor 12, 27). Entre la Iglesia y la Eucaristía hay una relación de estrecha conjunción. Cuando el fiel recibe el pan eucarístico, recibe el cuerpo del Señor que, en su bondad, ha querido incorporar a sí a todos los hombres. El fiel recibe, de algún modo, también a sí mismo junto con el Señor, y también a todos los hermanos que comparten la misma fe. La Eucaristía es, pues, verdaderamente el sacramento de la unidad de la Iglesia, porque la realiza y la significa: comiendo un único pan, todos los fieles, incorporados a Cristo, único pan, están en comunión con el Señor y entre ellos.

...Es extremamente sugestivo esta aproximación de Agustín al sacramento de la Eucaristía; sugestivo porque dilata la perspectiva de la participación en el banquete eucarístico liberándola de toda tentación individualista: en la santa Comunión Jesús viene por cierto a mi corazón, pero nos viene junto con todos mis hermanos, aquellos hermanos que el Señor ama; nos viene con toda su pasión para la salvación del mundo, que debe transformarse en pasión mía y de toda la Iglesia. Bellísimos son los pasajes, y numerosos, en los que Agustín hace un paralelo entre las especies del trigo y de la uva, que sufren un duro tratamiento para que puedan transformarse en pan y vino, y el catecumenado que vuelve a los hombres “cuerpo de Cristo” en modo en verdad diverso, pero no menos real de cuanto no lo sean el pan y el vino consagrados. Estos temas aparecen a menudo, aquí y allá, en las obras de Agustín. Nos pareció oportuno transcribir aquí un discurso mistagógico completo de Agustín, pronunciado delante de los neófitos en el día de Pascua: es breve pero completo, óptimo para una mejor comprensión de este tema.

...Lo que veis sobre el altar de Dios, lo habéis visto también la noche pasada; pero entonces no habéis oído qué cosa es, qué cosa significa, qué gran realidad esconde el misterio. Lo que veis es el pan y el cáliz: os lo corroboran vuestros mismos ojos. En cambio según la fe que debe formarse en vosotros el pan es el cuerpo de Cristo, el cáliz es la sangre de Cristo. Lo que he dicho en manera muy breve tal vez sea también suficiente para la fe: pero la fe reclama instrucción. Dice en efecto el Profeta: si no creéis, no entenderéis (Is 12, 27 LXX). Podríais, en efecto, decirme a este punto: nos has dicho que creamos, danos las explicaciones para que podamos comprender. En el ánimo de alguien podría, en efecto, formarse un razonamiento parecido a éste: nuestro Señor Jesucristo sabemos de donde ha recibido el cuerpo, de la Virgen Maria. Siendo Niño, fue acunado, se alimentó, creció, llegó y vivió la edad juvenil; sufrió persecuciones de parte de los Judíos, fue clavado a la cruz, fue matado sobre la cruz, fue bajado de la cruz, fue sepultado, al tercer día resucitó, el día que así lo quiso, ascendió al cielo; allá arriba llevó su cuerpo; de arriba vendrá para juzgar a los vivos y los muertos; ahora está allá arriba y está sentado a la diestra del Padre: este pan ¿cómo puede ser su cuerpo? y este cáliz, o mejor, lo que está contenido en el cáliz, ¿cómo puede ser su sangre? Estas cosas, hermanos, se llaman sacramentos en verdad porque en ellos se ve una realidad y se entiende otra. Lo que se ve tiene un aspecto material, lo que se entiende produce un efecto espiritual. Si queréis comprender [el misterio] del cuerpo de Cristo, escucha al Apóstol que les dice a los fieles: vosotros sois el cuerpo de Cristo y miembros suyos (1 Cor 12, 27). Si vosotros, pues, sois el cuerpo y miembros de Cristo, sobre la mesa del Señor está depositado el misterio de vosotros: recibid el misterio de vosotros. A esto que sois respondéis: Amén y respondiendo lo afirmáis. Se te dice en efecto: el cuerpo de Cristo, y tú respondes: Amén. Eres miembro del cuerpo de Cristo, para que sea verdadero tu Amén. ¿Por qué está [el cuerpo de Cristo] en el pan? no queremos aquí llevar nada nuestro; escuchamos siempre al Apóstol el cual, hablando de este sacramento, dice: Aún siendo muchos formamos un sólo pan, un sólo cuerpo (1 Cor 10, 17). Tratad de comprender y exultad. Unidad, verdad, piedad, caridad. Un solo pan: ¿quién es este único pan? Aún siendo muchos, hemos formado un solo cuerpo. Recordad que el pan no se compone de un solo grano de trigo, sino de muchos. Cuando se hacían los exorcismos sobre vosotros erais, por así decir, molidos; Cuando fuisteis bautizados, habéis sido, por así decir, amasados; Cuando recibisteis el fuego del Espíritu Santo habéis sido, por así decir, cocidos. Sed lo que veis y recibid lo que sois. Esto dice el Apóstol con respecto al pan. Y esto es lo que debemos entender del cáliz, también si no ha sido dicho, esto lo da a entender suficientemente. En efecto, así como para que tengamos la forma visible del pan, muchos granos de trigo son amasados hasta a formar una única cosa – como si sucediera lo de la sagrada Escritura cuando dice de los fieles: “Tenían una sola alma y un solo corazón tendidos hacia Dios” (Hch 4, 32) – así es también para el vino. Hermanos, pensad cómo se hace el vino. Muchos frutos son depositados en el lagar, pero el jugo de los frutos se funde en una sola cosa. Cristo el Señor nos ha simbolizado a nosotros de este modo, y ha querido que nosotros nos hiciésemos parte de Él, consagró sobre su mesa el sacramento de la nuestra paz y unidad. Quien recibe el sacramento de la unidad y no conserva el vínculo de la paz recibe, no un sacramento para su salvación, sino una prueba para su condenación. Vueltos hacia el Señor Dios, Padre omnipotente, con corazón puro, rindámosle infinitas y muy sinceras gracias, tanto como lo permita nuestra poquedad. Oremos con corazón sincero a su extraordinaria bondad, para que se digne oír nuestras oraciones según su beneplácito; que aleje al enemigo con su potencia de nuestras acciones y pensamientos; nos acreciente la fe, guíe nuestra mente, nos conceda deseos espirituales y nos conduzca a su beatitud. Por Jesucristo Hijo suyo. Amén (Discurso 272).

...También en el Comentario al evangelio de Juan, Agustín vuelca estas ideas en una página que es ejemplar por su belleza:

...Los fieles demuestran conocer el cuerpo de Cristo, si no impiden ser el cuerpo de Cristo. Se transforman en cuerpo de Cristo si quieren vivir del Espíritu de Cristo. Del Espíritu de Cristo vive solamente el cuerpo de Cristo. ¿Entendéis, hermanos míos, lo que digo? Tú eres un hombre, posees espíritu y posees cuerpo. Llamo espíritu lo que comúnmente se llama alma, por la cual eres hombre: en efecto, eres compuesto de alma y de cuerpo. Y así posees un espíritu invisible y un cuerpo visible. Ahora dime: ¿cuál es el principio vital de tu ser? ¿Es tu espíritu el que vive de tu cuerpo, o es tu cuerpo el que vive de tu espíritu? ¿Qué cosa podrá responder quien vive (y quien no puede responder, dudo que viva), qué cosa deberá responder quien vive? es mi cuerpo el que vive de mi espíritu. Y bien, ¿quieres tú vivir del Espíritu de Cristo? Debes estar en el cuerpo de Cristo. ¿Acaso mi cuerpo vive de tu espíritu? No, mi cuerpo vive de mi espíritu, y tuyo del tuyo. El cuerpo de Cristo no puede vivir sino del Espíritu de Cristo. Es aquello que dice el Apóstol, cuando nos habla de este pan: Puesto que hay un solo pan, nosotros, aún siendo muchos, somos un solo cuerpo (1 Cor 10, 17). ¡Misterio de amor! ¡Símbolo de unidad! ¡Vínculo de caridad! quien quiera vivir, tiene donde vivir, tiene de qué vivir. Si te acercas, cree, entra a formar parte del Cuerpo, y serás vivificado. No desdeñes el pertenecer al conjunto de los miembros, no seas un miembro infecto que deba amputarse, no seas un miembro deforme que deba ser anulado. Sé bello, sé útil, sé sano, permanece unido al cuerpo, vive de Dios para Dios; soporta ahora la fatiga en la tierra para reinar luego en cielo (Comentario al evangelio de Juan 26, 13).

...Cristo ha reunido a su iglesia, y la ha mandado a perpetuar en el mundo a lo largo de la historia su obra de redención. Al comentar la bendición de Isaac a Jacob, Agustín la lee en clave eucarística, considerando la actividad misionera de la iglesia como el empeño de los creyentes por esparcir por el mundo el perfume del trigo y del vino, que es propio del pan, producido por el trigo, y por el vino, es decir, por el Señor Jesús presente en dichos signos sacramentales, ellos son recogidos en unidad:

...Dios te conceda, por el riego del cielo y por la fertilidad del terreno, gran cantidad de trigo y de vino (Gen 27, 28)... que el mundo, como un campo, se llene del perfume del nombre de Cristo. Su bendición proviene por el riego del cielo, es decir, por la lluvia de las palabras de Dios, y por la fertilidad de la tierra, es decir, por la agregación de los pueblos. Helas allí, la gran cantidad de trigo y de vino, es decir, el gran número de fieles que se asocian al pan y al vino en el sacramento de su cuerpo y sangre. Los pueblos lo adoran, los príncipes doblan la rodilla ante Él (La Ciudad de Dios 16, 37).

...Cómo se debe recibir la Eucaristía

...La Eucaristía, lo tenemos suficientemente visto, dice relación a Cristo, que ha ofrecido su vida por nuestra salvación, y a la iglesia, comunidad de los discípulos de Cristo. La encarnación del Hijo de Dios se inserta en la historia del mundo como un evento que cambia profundamente el sentido, haciendo aparecer aquel originario, de la comunión y la armonía entre el Creador y las criaturas, que el pecado había quebrantado. El contacto con la Eucaristía y con la Iglesia, las realidades que hacen presente aquí y ahora para mí los misterios de la salvación, es capaz de trasformar mi vida, de transformarla en una vida salvada. Agustín está seguro de la eficacia de las realidades sacramentales, aunque no deje nunca de subrayar que, para operar eficazmente, el sacramento debe ser recibido con las disposiciones debidas. En este párrafo buscaremos, pues, recoger algunos textos de Agustín relativos a las actitudes con las que se debe tomar parte del banquete eucarístico; a continuación, veremos los efectos de esta participación. Agustín recomienda acercarse a la Eucaristía con el alma purificada de cualquier pecado. La comunión eucarística tiene un doble aspecto: está la especie del pan, caracterizada por la visibilidad, y está la presencia, real pero invisible, del cuerpo de Cristo. Para el obispo de Hipona el riesgo siempre próximo es el de comer el pan eucarístico sin que la interioridad de la hombre entre realmente en comunión con Cristo. Este sería un hecho absolutamente deletéreo: para quien no está bien dispuesto, para quien la recibe indignamente, en efecto, la comunión con el cuerpo de Cristo equivale a comerse su propia condenación. La participación en la Eucaristía reclama, en suma, el firme propósito de cambiar de vida, de conformarse a Dios, de convertirse.

...También nosotros hoy recibimos un alimento visible: pero otro es el sacramento, otra es la virtud del sacramento. ¡Cuántos que se acercan al altar y mueren, y, lo que es peor, mueren porque reciben el sacramento! Es de estos que habla el Apóstol cuando dice: “Comen y beben su condena“(1 Cor 11, 29). No se puede decir que fuese veneno el bocado que Judas recibió del Señor. Y apenas lo hubo recibido, el enemigo entró en él; no porque hubiese recibido una cosa mala, sino porque, malvado como era, recibió indignamente una cosa buena. Procurad, pues, oh hermanos, de comer el pan celestial espiritualmente, de llevar al altar la inocencia. Los pecados, si son cotidianos, al menos que no sean mortales. Antes de acercaros al altar, atended a aquello que decís: Remítenos a nosotros nuestras deudas, como nosotros las remitimos a nuestros deudores (Mt 6, 12). Perdona y te será perdonado: acércate con confianza, es pan, no es veneno. Pero perdona sinceramente: porque si no perdonas sinceramente, mientes, y mientes a aquél a quien no se puede engañar. Puedes mentir a Dios, pero no puedes engañarlo. Él sabe cómo están las cosas. Él te ve por dentro, examina dentro de ti, te mira y te juzga, te condena o te absuelve. Los padres de aquellos judíos eran padres malvados de hijos malvados, padres infieles de hijos infieles, murmuradores y padres de murmuradores. En efecto, se ha dicho de aquel pueblo que en ninguna cosa había ofendido tanto al Señor, como cuando murmuraron contra Él. Por esto, queriendo Jesús hacer resaltar que ellos eran dignos hijos de tales padres, les dice: ¿Qué murmuráis entre vosotros (Jn 6, 43), murmuradores, hijos de murmuradores? vuestros padres comieron maná y murieron; no porque el maná fuese malo, sino porque lo comieron con ánimo malvado (Comentario al evangelio de Juan 26, 11).

...Trasladamos otro texto, tomado del Comentario al capítulo 6 del evangelio de Juan, en el que Agustín expresa en términos positivos el mismo concepto: se nutren verdaderamente del cuerpo y de la sangre del Señor sólo aquellos que “permanecen en Él”, que conforman su vida a Cristo. Haciendo memoria de lo dicho con respecto a la relación entre la Eucaristía y la Iglesia, se concluye que participa verdaderamente y vitalmente del cuerpo de Cristo sólo el que es verdaderamente y vitalmente “cuerpo de Cristo”.

...Esto es cuanto el Señor nos ha dicho de su cuerpo y de su sangre. Nos ha prometido la vida eterna a través de la participación en este don. Por lo cual, ha querido hacernos entender que en verdad comen su carne y beben su sangre los que permanecen en Él y en los cuales Él permanece. Esto no lo entendieron los que no creyeron en Él y que, entendiendo en sentido carnal las cosas espirituales, se escandalizaron. Y mientras estos se escandalizaban y se perdían, el Señor animó a los discípulos que se habían quedado con él, a los que, como para probarlos, preguntó: ¿Queréis iros también vosotros? (Jn 6, 68). Él hizo esta pregunta para que nosotros pudiésemos conocer, a través de la respuesta, su fidelidad. Él, en efecto, sabía muy bien que habrían de quedarse. Que todo esto, queridísimos, nos sierva de lección, para que no vayamos a comer la carne y a beber la sangre de Cristo sólo sacramentalmente, como hacen también tantos malos cristianos; sino para que lo comamos y lo bebamos de modo que alcancemos a participar de su Espíritu y a permanecer en el cuerpo sin escandalizarnos si muchos de los que con nosotros comen y beben la carne y la sangre, mas sólo exteriormente, serán al final condenados a los tormentos eternos. Al presente, el cuerpo de Cristo no ha sido todavía purificado, como el grano sobre la era; pero el Señor sabe quiénes son los suyos (cf. 2 Tim 2, 19). Cuando sacudes el cereal, tú sabes que la masa de los granos esta escondida y que la sacudida no destruye lo que el ventilado debe purificar; así estamos seguros, oh hermanos, que cuantos estamos en el cuerpo del Señor, y permanecemos en Él de modo tal que también Él permanezca en nosotros, deberemos, en este mundo y hasta el final, vivir en medio de los inicuos. Y no hablo de los inicuos que blasfeman a Cristo; porque ya no son muchos los que blasfeman contra Él con la lengua, pero son muchos los que lo blasfeman con la vida. Es necesario que vivamos en medio de ellos hasta el final (Comentario al evangelio de Juan 27, 11).

...Un caso particular, pero extremadamente elocuente de esta necesidad de hacer propios los sentimientos de Cristo, es la generosidad hacia los pobres: ¿cómo puede negar el pan al pobre quien tiene continuamente necesidad del pan que Cristo provee con tanta generosidad?

...Deseo recomendaros, hermanos queridos, de dar a los pobres el pan terreno, y de llamar a la puerta del celestial. El Señor es nuestro pan: Yo son el pan de vida (Jn 3, 35). Él no podrá daros su pan si vosotros no dais ayuda a quien está en necesidad. Tenéis delante a alguien que está en necesidad, mientras a vuestra vez estáis en necesidad delante de Otro; son diversas estas dos relaciones de necesidad, la primera hacia vosotros, alguien tiene necesidad frente a uno, el que a su vez está en necesidad frente a Otro que no tiene necesidad de nada. Haced por vuestra parte lo que queréis que se os haga a vosotros (Discurso 389, 6)

...El efecto de la comunión eucarística

...Los efectos de la comunión eucarística han sido ya en parte mostrados en los párrafos citados hasta aquí. En este punto nos apremia el ponerlos en evidencia de un modo, en lo posible, más orgánico. La Eucaristía es el sacramento del cuerpo de Cristo. Cuando ella es recibida por el fiel, es asimilada por éste último. De un modo recíproco, también el fiel es asimilado a Cristo. La Eucaristía hace que el fiel viva la vida misma de Cristo en cuanto forma con Él un solo cuerpo. Agustín explica esta concorporación, en un discurso dirigido a los neófitos, citando Efesios 5, 31-32, un extracto que tiene por argumento la realidad sacramental del matrimonio: esto parece sugerir que entre los dos sacramentos, Eucaristía y matrimonio, se puede instaurar una cierta analogía. Las nupcias expresan la mutua entrega, la donación recíproca y e amor fiel entre Cristo y la Iglesia: estas mismas realidades se celebran y se realizan en el acto de la comunión eucarística. Por otra parte, como ya se ha visto, a través de la Eucaristía que los fieles en virtud de la participación en la única vida de Cristo, se hacen verdaderamente “uno” entre ellos; La Eucaristía realiza, por lo tanto, aquella unidad de la iglesia que Ella misma significa:

...Renacidos ya por la agua y por el Espíritu, vosotros veis bajo una nueva luz y recibís con nueva piedad este alimento y esta bebida que están sobre la mesa del Señor. El deseo de este discurso y la premura con la que os hemos dado a luz para que en vosotros sea formado Cristo, nos urge a poner en evidencia, en esta vuestra infancia, el significado de este sacramento tan grande y divino, de esta medicina tan espléndida y noble, de este sacrificio tan sublime y accesible… Tomad, pues, y comed el cuerpo de Cristo, ahora que también vosotros os habéis transformado en miembros de Cristo, en el cuerpo de Cristo; tomad y abrevaos con la sangre de Cristo. Para no distinguiros, comed a aquel que os une; para no consideraros en poco, bebed vuestro precio. Siendo así, cuando coméis y bebéis, se transforma en vosotros, así también vosotros os trasformáis en el cuerpo de Cristo, si vivís obedientes y devotos…Porque si vosotros recibís dignamente esta cosa que pertenece a aquella nueva alianza mediante la cual esperáis la eterna herencia, observando el mandamiento nuevo de amaros unos a otros, tendréis en vosotros la vida. Os alimentáis, en efecto, de aquella carne de la cual la Vida misma declara: “el pan que Yo os daré es mi carne para la vida del mundo” (Jn 6, 51), y también: “si alguien no come mi carne y no bebe mi sangre, no tendrá la vida en si mismo” (Jn 6, 53). Si tenéis vida en Él, seréis con Él en una sola carne. No es en efecto que este sacramento dé el cuerpo de Cristo para luego dejaros separados. Y el Apóstol recuerda que esto ya había sido predicho en la santa Escritura: los dos formarán una sola carne. Esto misterio es grande, y se repite, lo digo en referencia a Cristo y a la iglesia (Ef 5, 31-32). Y en un otro pasaje, respecto de esta misma Eucaristía, dice: “Uno sólo es el pan, y nosotros, aún siendo muchos, somos un sólo cuerpo (1 Cor 10, 17). Vosotros comenzáis a recibir a aquel que ya habéis comenzado a ser, para que no lo recibías indignamente, comiendo y bebiendo vuestra condena (Discurso 228/B).

...La asimilación con Cristo tiene su cumbre en la adquisición de la capacidad de amare con una radicalidad, no ciertamente idéntica, pero al menos en un modo proporcional a aquella con la que Cristo Jesús nos ha amado. Para Agustín un amor símil se encuentra en los mártires, que han dado la vida por Cristo. La Eucaristía, recibida y reconocida como don del amor de Cristo, da la capacidad de donar la propia vida:

...El Señor, hermanos queridísimos, ha definido el ápice del amor, con el cual debemos amarnos a su vez, afirmando: “Nadie puede tener un amor más grande que el que da la vida por sus amigos” (Jn 15, 13). A lo que había dicho antes: “este es mi mandamiento: que os améis los unos a los otros, como yo os he amado” (Jn 15, 12), añade lo que habéis escuchado recién: Nadie puede tener amor más grande que dar la vida por sus amigos. Obtén lo que este mismo evangelista expone en su carta: Del mismo modo que Cristo dio su vida por nosotros, así también nosotros debemos dar la vida por los hermanos (1 Jn 3, 16), precisamente amándonos unos a otros como nos amó Cristo que dio su vida por nosotros. Es exactamente lo que se lee en los Proverbios de Salomón: “si te sientas a comer con un potentado, mira y lleva la cuenta de lo que te es puesto delante, y, mientras extiendas la mano, piensa que también tú deberás preparar algo semejante” (Prv 23, 1-2). ¿Cuál es la mesa del potentado, si no aquella en la que se recibe el cuerpo y la sangre de aquel que ha dado su vida por nosotros? ¿Qué significa sentarse a esta mesa, si no os acercáis con humildad? ¿Y qué significa guardar y llevar la cuenta de lo que te es puesto delante, sino tomar conciencia del don que se recibe? ¿Y qué quiere decir extender la mano pensando que también deberás preparar algo semejante?, sino lo que he dicho antes y es: ¿cómo Cristo dio su vida por nosotros, así también nosotros debemos estar listos para dar nuestra vida por los hermanos? Es aquello que dice también el Apóstol Pedro: Cristo sufrió por nosotros, dejándonos el ejemplo, para que sigamos sus huellas (1 Ped 2, 21). Esto es lo que significa preparar otro tanto. Es esto lo que han hecho los mártires con amor ardiente; y si nosotros no queremos celebrar en vano su memoria, y no queremos acercarnos en vano a la mesa del Señor, en la que también ellos se han saciado, es necesario que también nosotros, como ellos, nos preparemos a devolver el don recibido… Diciendo así no pensamos en poder ser iguales a Cristo el Señor, en caso de que lleguemos a derramar la sangre por él con el martirio. Él tenía el poder de dar su vida y de recobrarla de nuevo (cfr. Jn 10, 18); nosotros, en cambio, no podemos vivir cuanto queremos, y morimos también aunque no queramos; Él, muriendo, ha matado de un golpe en sí mismo la muerte, nosotros somos liberados de la muerte mediante su muerte. Su carne no ha conocido la corrupción (cfr. Hch 2, 31), mientras la nuestra se revestirá de incorruptibilidad por medio de Él al fin del mundo, sólo después de haber conocido la corrupción; él no ha tenido necesidad de nosotros para salvarnos, mientras que nosotros sin Él no podemos hacer nada. Él se nos ha ofrecido como vid, a nosotros que somos los sarmientos, a nosotros que sin Él no tenemos vida. En fin, también si los hermanos llegan a morir por los hermanos, aún así, no puede ser derramada la sangre de ningún mártir por la remisión de los pecados de los hermanos, cosa que en cambio Él hizo por nosotros; ofreciéndonos con esto no un ejemplo para imitar, sino un don del cual debemos estar agradecidos. En toda ocasión en que los mártires derraman su sangre por los hermanos, devuelven el don recibido por ellos en la mesa del Señor… Amémonos, pues, unos a otros, como Cristo nos ha amado, y se ha ofrecido Él mismo por nosotros (cfr. Gal 2, 20). Sí, porque nadie puede tener un amor más grande que el dar la vida por sus amigos. Imitémoslo con devota obediencia, sin tener la presunción irreverente de compararnos con Él (Comentario al evangelio de Juan 84).

...La Eucaristía, alimento necesario para la vida del cristiano

...El cristiano no puede tener en poco de la Eucaristía. Como la vida natural no puede subsistir si le falta el alimento, así también la vida del alma. El pan del alma es Dios mismo, Dios que se hace pan por amor, Él que, bastándose a sí mismo, por puro amor se ha donado y se dona continuamente a nosotros:

...El Señor me mueve… a hablaros del pan celestial que debemos pedir. Es verdad que tenemos necesidad de nuestro pan terreno porque pertenecemos a la tierra con el nuestro cuerpo, pero si el cuerpo debe recibir su pan, también el alma no debe quedar privada de su pan propio. También nuestra alma en esta vida se encuentra en estado de necesidad: tiene necesidad del pan que es su alimento. Todos tienen necesidad de pan. Dios solo, porque Él es el pan, no tiene necesidad de pan: es Él el pan de nuestra alma. Él que no tiene necesidad del pan de otro, sino que se basta a sí mismo, nos nutre también nosotros. Es claro, pues, cuál es el pan celestial, alimento de nuestra alma (Discurso 389, 1).

...Tan necesario es este pan que Agustín nos exhorta a no privar nunca al alma, sino más bien a concedérsela como se hace con una limosna. Hela, pues aquí la invitación a alimentarse a menudo de la Eucaristía:

...Haz limosna a tu alma con el practicar la justicia y la caridad. ¿Qué significa: “practicando la justicia”? Reflexiona bien y lo encontrarás; despréciate a ti mismo, condénate a ti mismo. ¿Y qué cosa es la caridad? Ama al Señor Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente; ama a tu prójimo como a ti mismo (Mt 22, 37. 39), y así habrás hecho primero la limosna a tu alma en tu conciencia… es tu alma la que debe nutrirse, para no morir de hambre. Dale el pan. “¿Qué pan?” se me pregunta. El Señor mismo habla contigo. Si tú lo escucharas y comprendieses y creyeses en el Señor, Él te diría: “Yo soy el pan vivo bajado del cielo” (Jn 6, 41). ¿No le darías tal vez primero este pan a tu alma, y le darías limosna? si, pues, tuvieras fe, actuarías de modo que alimentarías primero tu alma (Discurso 106, 4)

...La vida cristiana es a menudo comparada por Agustín con el viaje del Éxodo: como el pueblo de Israel, pasando por las aguas del mar Rojo, ha peregrinado a lo largo del deserto antes de alcanzar la tierra prometida, así también el cristiano, pasado por las aguas de la fuente bautismal, debe recorrer el trecho de la existencia, más o menos largo, antes de alcanzar el lugar del reposo, al final de la vida terrena. Israel en su camino ha experimentado la providencia de Dios que salió al encuentro de su debilidad proveyéndolo del maná y del agua sacada de la roca: también al cristiano Dios provee un alimento y una bebida espiritual que lo fortalecen contra toda prueba y tentación:

...Después del bautismo nos ocupa el camino a través del desierto, el vivir en la esperanza, hasta que no alcancemos la tierra prometida, la tierra de los vivientes, la Jerusalén celestial donde Dios es nuestra herencia: hasta que no los alcancemos, esta vida nuestra es toda desierto, toda tentación. Pero en aquel que ha vencido el tiempo, el pueblo de Dios vence todo: como en el bautismo son destruidos los pecados del pasado – enemigos que nos acechaban los talones –, así después del bautismo, en el camino de esta vida vencemos todos los obstáculos que nos se atraviesan, nutriéndonos del alimento espiritual y de la bebida espiritual (Discurso 363, 3).

...Alimento que alimenta en el camino, es cierto: pero la Eucaristía es también el sustento que Cristo, como administrador, otorga a cuantos trabajan en su viña para que no sean sobrepasados por la fatiga y por la debilidad. El extracto que leeremos en breve desarrolla esta bella imagen: Cristo sale al encuentro de sus obreros alcanzándoles el alimento, que aquí es entendido, para mejor comprender, en tres acepciones: es el alimento ordinario, el que sustenta nuestra vida; pero es también la palabra de Dios, alimento que nutre la inteligencia hambrienta; por último, es la Eucaristía, es decir, Cristo pan.

...Los obreros de la viña son aquellos que, en la Iglesia, ejercen el ministerio pastoral (¿y cómo no recordar las palabras de Benedicto XVI que, presentándose al mundo el día de su elección, se definió a sí mismo “humilde obrero de la viña del Señor”?); ellos no son patrones de los bienes que administran, sino sólo dispensadores en nombre de Cristo y en beneficio del pueblo de Dios, un pueblo de cual los mismos “viñadores” son parte, junto con todos los otros, con los que comparten el mismo alimento. En este extracto la reflexión de Agustín se inspira en el recuerdo de dos parábolas evangélicas, la de los obreros de la última hora (Mt 20, 1-16) y la del buen administrador (Mt 24, 45-51).

...Por ahora trabajamos en la viña, aguardamos el fin de la jornada. Aquél que nos ha tomado a jornal para trabajar, no nos descuida y no nos deja que nos mengüemos. El patrón que deberá dar a su obrero la paga al fin del día, lo alimenta mientras él trabaja; así también el Señor, mientras nos fatigamos en este mundo, nos alimenta, no sólo con el alimento para el vientre, sino también con el de la mente. Si no nos alimentara, yo no estaría aquí hablando; nos alimenta con la palabra, y es lo que estamos haciendo nosotros que predicamos sobre Él, no para vuestros vientres, sino para vuestras mentes. Y vosotros recibís con avidez y, mientras os alimentáis, alabáis; ¿por qué razón aclamabais, si en vuestras mentes no hubiese llegado ningún bocado? Y nosotros ¿qué cosa somos? Sus ministros, sus servidores; porque no es nuestro, pero sacamos por su disposición cuanto os distribuimos a vosotros. Y también nosotros vivimos de ella, porque somos siervos como vosotros. ¿Y qué cosa os suministramos? ¿Su pan o a Él mismo, pan? Cualquiera que tome un obrero en su viña le podrá dar su pan, no a sí mismo. A sus obreros Cristo se dona a sí mismo: Él mismo se sirve en el pan, Él mismo se reserva como recompensa. Y no hay motivo de decir: si lo comemos ahora, al final ¿qué nos quedará? Nosotros comemos, pero Él no se acaba; estando hambrientos, nos restaura, pero él no se agota. Alimenta al que ahora está fatigado, pero permanece intacto como recompensa. ¿Y qué cosa podremos recibir, que valga más que Él mismo? Si tuviese algo que valiera más, lo hubiese dado. Pero nada hay que valga más que Dios, y Cristo es Dios. Estate atento: en el principio era el Verbo, y el Verbo era junto a Dios, y el Verbo era Dios. Él era en el principio junto a Dios (Jn 1, 1-2). ¿Esto quién puede entenderlo? ¿Quién puede definirlo? ¿Quién puede intuirlo? ¿Quién puede contemplarlo? ¿Quién puede pensarlo adecuadamente? Nadie. Y el Verbo se hizo carne y habitó en medio de nosotros (Jn 1, 17). A esto te llama, para que trabajes de [buen] obrero. El Verbo se hizo carne. Es Él mismo el que te llama. El Verbo será tu alabanza, el Señor, tu recompensa (Discurso 229/E, 4)

...Un pan que se debe pedir

...Agustín se ha dedicado muchas veces, a lo largo de su vasta actividad homilética, a la explicación de la oración dominical: se pueden enumerar, al menos, cinco. En esta cita nos interesa particularmente la petición relativa al “pan cotidiano”. En este pan, Agustín repasa todo lo que para el hombre es necesario para vivir: alimento, vestido, todo. Nuestra existencia natural depende de Dios, y de su providencia. Pero más necesaria que la vida natural es la vida que nos viene por la comunión con el Señor: también esa vida se sostiene con el pan eucarístico, también este don de Dios debe recibirse dignamente. No ser privados del pan eucarístico significa, en la lectura de Agustín, ser admitidos a recibirlo en plena comunión con el altar, con toda santidad y bondad. Pan cotidiano, pues, es también la Palabra de Dios que, leída en la Iglesia y con la Iglesia, se hace “alimento” para la mente de los fieles:

...Sigue la petición: Danos nuestro pan cotidiano (Mt 6, 11). Esta pregunta se puede entender en un solo sentido, que nosotros elevemos esta oración por el sostén cotidiano, para que tengamos en abundancia y, si no abunda, al menos no nos llegue a faltar. Dice, después, cotidiano por todo el tiempo que se dice hoy. Vivimos cada día, nos levantamos cada día, cada día nos fatigamos, cada día tenemos hambre. Que nos dé el pan para cada día. ¿Por qué no dice: [Danos] “también todo lo que sirve para cubrirnos “? Nuestro sostén consiste en el alimento y en las bebidas, lo que nos sirve para cubrirnos consiste en los vestidos y en un techo. No se debe desear de más, desde el momento en que el Apóstol dice: Nada nos habremos de llevar de este mundo ni podremos llevar nada; Por eso, cuando tenemos para comer y para vestirnos, contentémonos (1 Tim 6, 7- 8). Haz desaparecer la avaricia y rica será la naturaleza. Es por esto la oración que hacemos diciendo: Danos hoy nuestro pan cotidiano se refiere al sostén cotidiano – ya que así puede decirse justamente –, no debemos sorprendernos si con el término “pan“, se entienden todas las otras cosas necesarias. Del mismo modo cuando José invitó a sus propios hermanos: Estos hombres – dice – comerán conmigo el pan (Gen 43, 16). ¿Por qué habrían comido sólo pan? Mas con el término “pan“, se entendían todos los demás alimentos. Así cuando pedimos en la oración el pan cotidiano, pedimos todo lo que es necesario para nuestro cuerpo sobre la tierra. Pero ¿qué cosa dice Jesús nuestro Señor? Buscad primero el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas se os darán por añadidura (Mt 6, 33). Cuando decimos: Danos hoy nuestro pan cotidiano, podemos entenderlo muy bien también de la Eucaristía, el alimento cotidiano. Los fieles, en efecto, saben qué cosa reciben, y está bien para ellos el recibir el pan cotidiano necesario para esta vida. Oran por ellos mismos para volverse buenos y para perseverar en la bondad, en la fe y en la rectitud de la vida. Esto desean, esto piden en la oración, ya que, si no perseveran en la vida buena, serán separados de aquel pan. ¿Qué significa, pues: Danos nuestro pan cotidiano? “Buscamos vivir de tal modo que no seamos separados de tu altar”. También la palabra de Dios que se os explica cada día, y en un cierto modo se os da desmenuzada, es un pan cotidiano. Y como de aquel otro pan tiene hambre el vientre, así de este tiene hambre el espíritu. También esto, pues, pedimos con simplicidad; y todo lo que es necesario para el alma y el cuerpo en esta vida está incluido en el pan cotidiano (Discurso 58, 4.5)

...La idea que el pedido del “pan (eucarístico) cotidiano” esté conectada a una súplica para obtener la perseverancia en el bien, es decir en la unión vital con Cristo, deriva en Agustín de la lectura del De dominica oratione de san Cipriano, como se ve en este extracto en el cual el Hiponense cita textualmente al Cartaginés:

...El cuarto pedido es: Danos hoy nuestro pan cotidiano. El beato Cipriano demuestra cómo también en esta frase se debe notar un pedido de perseverancia. Dice exactamente entre otras: “Pedimos que nos sea dado cada día este pan para que, nosotros que estamos en Cristo, y cada día recibimos la Eucaristía como alimento de salvación, no seamos separados del cuerpo de Cristo, como sucedería si un pecado más bien grave que nos sobrepasara, nos prohibiese el pan celestial, restringiéndonos a la abstención, y excluyéndonos de participar”. Estas palabras del santo hombre de Dios indican plenamente que los santos piden al Señor la perseverancia, porque dicen: Danos hoy nuestro pan cotidiano, con esta intención: que no sean separados del cuerpo de Cristo, sino permanezcan en dicha santidad y gracias a ella no cometan alguna culpa que merezca su separación (El don de la perseverancia 4, 7)

...La adoración de la Eucaristía

...La antigüedad cristiana no estaba familiarizada con la praxis de la adoración eucarística como nosotros la entendemos, y por lo tanto no se pueden encontrar ni en Agustín, ni en otros autores patrísticos, extractos referidos a ella. Aún así la Eucaristía, en cuanto sacramento del cuerpo y de la sangre de Cristo, era considerada digna de adoración, y de hecho era adorada. Agustín nos habla de esta adoración en el comentario al Salmo 98 (TM 99). La Eucaristía, ya como cuerpo nacido de María, merece toda nuestra adoración, no en cuanto cuerpo (o pan), sino porque verdadero cuerpo de Cristo Señor, “sacramento” de su presencia de salvación y de amor en el mundo:

...Y adorad el escabel de sus pies, porque es santo (Sal 99, 3). ¿Qué debemos adorar? El escabel de sus pies. Escabel significa peldaño. Lo que los griegos llaman así, ciertos latinos lo han dejado como scabellum (= escabel), mientras otros con suppedaneum (= peldaño). Pero notad bien, hermanos, qué se nos ordena adorar. En otro pasaje de la Escritura se dice: Mi trono es el cielo; la tierra es el escabel de mis pies (Is 66, 1). Habiéndonos, pues, dicho en este pasaje que la tierra es el escabel de los pies de Dios, ¿se nos ordena, acaso, adorar la tierra? ¿pero cómo adoraremos la tierra, si la Escritura nos dice abiertamente: Adorarás al Señor tu Dios (Dt 6, 13)? Y también, se me manda adorar el escabel de sus pies y, precisándome cual sea el escabel de sus pies, se me dice: La tierra es el escabel de mis pies. Me encuentro en la incertidumbre. Temo adorar la tierra, porque podría castigarme aquel que ha creado el cielo y la tierra; pero temo también no adorar el escabel de los pies de mi Señor, ya que en el salmo se me prescribe adorar el escabel de sus pies; y, si voy a investigar qué debe entenderse por escabel de sus pies, la Escritura me dice: Escabel de mis pies es la tierra. En mi incertidumbre me vuelvo a Cristo, ya que es de Él de quien voy en busca. En Él encuentro cómo se puede adorar la tierra, escabel de los pies de Dios, sin caer en la impiedad. Él, en efecto, por la tierra asumió la tierra, ya que nuestra carne proviene de la tierra y Él tomó la carne por la carne de Maria. Revestido de esta carne marcó sus pasos aquí abajo, y la misma carne nos dejó para que la comiésemos para conseguir la salud. Ahora bien, nadie come dicha carne sin primero haberla adorado. Hela aquí, pues, hallada la manera de adorar el escabel de los pies del Señor, y hallada de tal modo que no solamente no se peca adorándolo, sino que se peca no adorándolo. ¿pero será tal vez la carne a darnos la vida? Decía el Señor, mientras inculcaba los efectos de dicha tierra: El Espíritu es el que vivifica, la carne no ayuda para nada (Jn 6, 53). Cuando, pues, te inclinas o te postras delante de la tierra, no la consideres [simple] tierra; considera más bien al Santo de cuyos pies es escabel la tierra que adoras. Es en vista de Él, en efecto, que tú la adoras. Por esto recoge el salmo: Adorad el escabel de sus pies, ya que es santo. ¿quién es santo? Aquel en honor del cual tú adoras el escabel de pies. Sucede que tú, mientras lo adoras, no te quedas con el pensamiento al nivel de la carne. Te arriesgarías a no ser vivificado por el Espíritu, ya que el Espíritu es aquel que vivifica, mientras la carne no ayuda para nada. Cuando el Señor inculcaba esta verdad, hacía poco había tenido un discurso sobre su propia carne, y había dicho: quien no coma mi carne no tendrá en sí la vida eterna (Jn 6, 54). Algunos discípulos suyos, cerca de unos setenta, quedaron escandalizados y dijeron: es duro este lenguaje; ¿quien puede entender algo? (Jn 6, 59) y se alejaron de Él y no quisieron seguirlo más. Les parecieron duras las palabras: quien no coma mi carne, no tendrá la vida eterna, ya que lo habían entendido torpemente. Razonando en modo carnal, habían pensado que el Señor habría de destrozar su cuerpo en pedacitos dándoselos a comer. Por eso dijeron: este lenguaje es duro. Ellos eran duros, no el discurso. Si, en efecto, no hubiesen sido duros, sino flexibles, se habrían dicho: no sin un porqué nos dice estas cosas; es signo que debajo de esto está escondido algún misterio. Si hubiesen sido dóciles, no tercos, y se hubiesen quedado con él, habrían aprendido del Maestro lo que aprendieron los otros, que también después de su partida no lo abandonaron. Permanecieron, en efecto, con Él doce discípulos y, viendo a los otros abandonar al Maestro, con dolor – por así decir – de su muerte, les vino a la mente que cuantos lo habían abandonado, lo habían hecho porque estaban escandalizados por sus palabras. Entonces Jesús los instruyó diciendo: El Espíritu es aquel que vivifica; la carne no ayuda para nada. Las palabras que os he dicho son espíritu y vida. ¡Entended espiritualmente lo que Yo os he dicho! no comeréis este cuerpo que veis, ni beberéis la sangre que verterán los que crucificarán. He querido proponer a vuestra consideración un sacramento que, si vosotros lo entendéis espiritualmente, os será fuente de vida. Será necesario, es verdad, que él sea celebrado visiblemente, no obstante, esto sucederá siempre que se lo entienda espiritualmente. Exaltad al Señor Dios nuestro, y adorad el escabel de sus pies, ya que es santo (Exposición sobre el salmo 98, 9).

...Conclusión

...Para concluir este recorrido que nos ha hecho conocer algo de la rica reflexión de Agustín sobre el misterio de la Eucaristía, deseo ofrecer a la benigna paciencia del lector, un texto que, tal vez más que cualquier otro, nos dice con qué ánimo y con qué disposiciones el obispo de Hipona se acercaba al sacramento del altar. Es un texto bello y conmovedor, traspasado de compunción, de confianza y de gratitud, rociado de delicada poesía:

...Aterrado por mis pecados, y por la mole de mi miseria, había desahogado en mi corazón, y meditado, una fuga a la soledad. Tú me lo impediste, serenándome con estas palabras: Cristo murió por todos para que los vivientes no vivan más por sí mismos, sino por quién murió por ellos (2 Cor 5, 15). He aquí, Señor, que arrojo hacia ti mi pena, para vivir; contemplaré las maravillas de tu ley (Sal 118, 18). Tú conoces mi inexperiencia y mi enfermedad: instrúyeme y cobíjame. Tu Unigénito, en quien están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia (Col 2, 3), me rescató con su sangre. Los orgullosos no me calumnian, si pienso en mi rescate, lo como, lo bebo y lo distribuyo; aunque soy pobre, deseo saciarme de Él junto a cuantos se nutren y sacian. Alaban al Señor los que lo buscan (Sal 21, 27) (Confesiones 10, 43, 70).

...Nota bibliográfica

...La traducción de los textos citados en este extracto ha sido tomada, con algunos leves retoques, del sitio de Internet www.augustinus.it, un sitio que ha hecho accesible al gran público de los internautas, todas las obras del obispo de Hipona en el texto latino, y en la traducción italiana de la NBA (Nueva biblioteca Agustiniana). En el sitio se encuentra también la versión de algunas obras en otras lenguas modernas. Dos publicaciones recientes ofrecen un panorama antológico de los textos agustinianos relativos a la Eucaristía, acompañados de algunas notas introductorias y de noticias bibliográficas. Ellas son: G. de NOLA, La dottrina eucarística de Sant’Agustino, Ciudad del Vaticano, Libreria Editrice Vaticana 1997; S. AGUSTÍN, L'Eucaristia, corpo della Chiesa (ed. V. GROSSI), Roma, Cittá Nova, 2003 (II ed.). Con ellas estamos en deuda, y a ellas os referimos para eventuales profundizaciones bibliográficas.



...Publicado en Alpha Omega, vol. XI, nº 1, 2008. Traducción del italiano de hieromonje Diego [Flamini].

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